Conclusiones



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Creer en lo que se vive



Es cierto que siempre fui incrédula en un dogma, cualquiera de ellos. Ya no es aquél que presupone un Dios, en quien yo quisiera y no puedo creer, a Él le digo que, si fuera Dios, me tuvo que hacer creer, ni siquiera los sinsabores de la vida pueden hacer que crea en una necesidad que no cubre lo que tengo que necesitar, deja de ser necesidad, porque es la propia vida quien me arrebató la ilusión, nada de lo que veo puede hacerme creer en algo que no veo, sino cualquier dogma, cualquier dios que ninguno de ellos me convencen. Ni el dinero, que tanto necesito, ni un amor, que tanto anhelo, ni amistades, las verdaderas, y ni una familia, que no me decido si en dejarla en el pedastal o bajarla ya, yo creo que no me quiero decidir, quiero dejarla donde siempre estuvo, seguro que es eso, pero es porque lo vi, pero ningún dios quiere que venga otro dios y ocupe su lugar. Quién dijo que en el podium sólo cabe una persona. Puede haber mil personas, están todas aquellas quienes nos hicieron creer que podíamos. Ni siquiera son responsables de si al final pudimos, sólo nos contaron una misión, pero con lo que nos quedamos fue con lo que nos pareció que estaba ahí comprendiéndonos, y es que ni Dios sabe de todos los seres humanos. A algunos atiende, de otros se olvida. Puede ser que hizo que unos tuviéramos que atender a otros. Ni Dios puede estar en todo. Pero ya fue mucho suponer que los humanos nos íbamos a ocupar los unos de los otros. Quizás sí, pero cuáles fueron esas creencias? En el momento en el que vemos que hay muchas creencias y muchas formas de obrar en consecuencia, sólo nos queda creer en el espacio que nos queda de lo que nos rodea, ese margen de vida que para cada uno de nosotros es en donde podemos obrar, en consecuencia, con una misión, y con todo el arrepentimiento que sintamos porque no siempre lo hacemos bien, para nosotros mismos y para nadie. Seguramente, nunca quisimos hacerlo mal, no porque no hubo conciencia de hacerlo mal, que también hay personas que lo quisieron hacer mal (y el perdón, sin arrepentimiento, no está en no saber, sino en que no quisieron hacerlo mejor), sino porque el arrepentimiento nos iba a llevar a un amazonas de vida donde estaba escrito que no podía acabar bien. Es por eso que hay quienes no se quieren arrepentir, porque consideran que es un sentimiento que no puede acabar bien. Sin embargo, puede ser que la vida sea un amazonas donde, sin quererlo, hacemos bien y hacemos mal. Cuando haces mal, queda huella de lo que hiciste, hay algo que te recuerda que hiciste daño, a ti mismo y a quien estuvo a tu lado, una huella que se ve en tu radiografía de vida. El arrepentimiento, es todo aquello que te hace creer. No está tan mal la culpa si de ello haces algo tan grande como la naturaleza misma. Ni siquiera hizo falta que te lo hicieran ver, ya sabías que estabas haciendo mal, puede ser que llegas a un punto que, cualquier cosa que hicieras, no se te iba a creer. Pero el empujón, lo que hace, es llevarte lejos, a esas cataratas y a ese otro mundo donde parece que empiezas de cero. Es una sinfonía de otra vida, la que siempre estuvo ahí y es en la que no puedes dejar de creer.

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